Ganador del 83 Rincón Sapiens: Relato triste de futbol

Por Omar Cordero
Salió de prisión hace 3 semanas. Después de años y años de mociones, alegatos y revisiones del caso, el juez exculpó a Cristóbal Sánchez por “El crimen de la cantina”, famoso asesinato de un alcoholizado hombre afuera de un bar.

A Don Cristóbal se le fue media vida tras las rejas y ahora, por fin libre, lo único que quería hacer, era poder volver a ver un partido de su amado equipo.

La ciudad se dividía en dos, por un lado, el Club Atlético Mendoza “la Garra Escarlata”, históricamente conocido como el equipo del pueblo y por el otro, el equipo de los hacendados, el Unión Deportiva San Germán “Los del Viaducto”.

Don Cristóbal fue educado en un pequeño hogar en la zona norte, allá donde se encontraban los barrios más peligrosos de la metrópoli y donde existía devoción extrema por el Atlético Mendoza, aquel que nacía en el norte tenía equipo favorito antes que nombre de pila. De su infancia sólo tiene recuerdos enfundado en su playera roja y su short blanco.

Mientras estuvo en prisión tuvo un hábito, cada lunes sobornaba con media porción de comida al mafioso de la celda diez y ocho con tal de recibir la prensa y poder leer la crónica de los partidos del escarlata. Asimismo, hubo diversas ocasiones donde pudo observar los juegos desde el televisor del área de usos múltiples, aunque eso vino a menos desde el cambio de gobierno y la reforma legislativa que modificó las actividades recreativas de los reos.

A su familia la perdió en prisión, la relación con Carmela ya se encontraba desgastada y al cumplir su primer año como reo, ella le entregó la hoja de divorcio alegando entre otras cosas, que el pequeño Hernán no podría tener a un condenado como figura paterna. Lo último que supo de ellos es que vivían en un fraccionamiento acomodado de la zona sur y que Hernancito ahora tenía los apellidos del nuevo esposo de Carmela.
Por eso cuando salió, lo único que deseaba era poder acudir al Coliseo Escarlata de la calle 47 a alentar al Mendoza.

El fin de semana siguiente se daría el encuentro que paralizaba a toda la urbe, el Unión se metería en cancha del Atlético a jugarse el descenso. A Cristóbal le seguía siendo curioso como dos equipos de distinta idiosincrasia pero que siempre habían peleado por el campeonato o por meterse en las competiciones internacionales, ahora se jugarían el irse a la segunda categoría.

Durante las 3 semanas desde que salió, Don Cristóbal se dedicó por las mañanas a cortar el pasto en casas ajenas y por las tardes, fregó platos en la cafetería del barrio con tal de poder comprar el mejor boleto disponible para el clásico.
Consiguió billete en preferente bajo, en otras épocas hubiera querido estar en fondo sur donde hinchaba “Delirio Rojo” pero se consideraba ya viejo para aventurarse en esa selva y además, quería disfrutar al máximo su primer partido en vivo desde hacía años.

La ocasión no pintaba bien para los del viaducto, el San Germán se metería al Coliseo con tres jugadores suspendidos, sus dos delanteros titulares lesionados y con la obligación de ganar ya que el empate salvaba al Atlético por la diferencia de goles.
Dos horas antes del partido, en el estadio se vivía una auténtica fiesta: en el estacionamiento había múltiples barbacoas familiares; en la entrada sur se escuchaban los tambores, trombones y cánticos del Delirio Rojo; los comerciantes intentaban vender una playera con la frase “nunca lo vamos a olvidar”,
haciendo alusión a que la garra escarlata sería el verdugo de los del viaducto y la gente se pintaba de rojo y blanco la cara. Con toda esa fiesta, fue inevitable que Don Cristóbal soltará a llorar cuando subió las escaleras de la salida del metro Obregón.

Faltando cincuenta minutos entró al estadio y buscó su lugar, no quería perderse detalle alguno así que quería observar hasta los estiramientos y calentamientos de la garra. A la izquierda del fondo norte alcanzó a observar a un pequeño grupo de unos dos mil aficionados vestidos con la playera verde y que acudían a alentar al Unión Deportiva, sorprendido, volteó al joven aficionado de junto y le dijo “cuando
yo tenía tu edad, eso era impensado” haciendo alusión a que en aquellos tiempos el caos era tal, que si te atrevías a ir al estadio rival sólo salías linchado.

El partido durante setenta minutos fue como se esperaba, la pasión se vivía fuera del rectángulo con los aficionados rojos y verdes disfónicos de tanto alentar, porque dentro del campo los jugadores se notaban nerviosos y desacertados, a sabiendas que muchos perderían su última oportunidad de jugar en primera o algún contrato jugoso; dicen que cuando hay tanto en juego, las piernas no se conectan al
cerebro.

El Atlético estaba replegado en ofensiva con tres delanteros fijos pero el Unión se encontraba muy bien parado con su línea de cinco y su trivote en el centro del campo. Estaba claro que Mendoza tendría que atacar y San Germán cerraría filas hasta llegar a la recta final del partido donde buscarían la suya en contragolpe o a balón parado.
Juan “Barbas” Lomelí, entrenador del equipo visitante, quién era un viejo lobo de mar en el manejo táctico, no quería y no tenía con quién atacar así que, aunque necesitaba la victoria, simplemente no se desesperaba. Don Cristóbal, como cualquier aficionado, platicaba con el joven sentado a su lado sobre el funcionamiento del equipo y sobre el revulsivo que utilizaría y por tanto, soltaba sandeces hacía el entrenador local.

Al minuto ochenta, Arturo “la bala” Rodríguez trianguló con Perea y llegó a línea de fondo desde donde envió un sabroso centro que “el tanque” Portillo remató de media tijera, un golazo exquisito.

El grito de gol estalló en el Coliseo Escarlata. Las gargantas lastimadas sanaron y rugieron como nunca a pesar de tantos años de historia del club rojo. El fondo sur desplegó una enorme lona que cubrió por segundos esa zona del campo y que decía “te mandamos a segunda”.

Don Cristóbal brincó, gritó, se abrazó con cualquier desconocido y volvió a llorar, ese era el momento más feliz de su vida. “Barbas” Lomelí estaba desencajado, habían aguantado el cero durante ochenta minutos y ahora debían anotar dos goles en un lapso corto y sin la mitad de su equipo titular. Volteaba y volteaba al banquillo
y lo único que observaba eran las caras juveniles de los chicos de reservas que habían sido habilitados para el partido de hoy debido a las lesiones y suspensiones.

De pronto, Renato, el brasileño dorsal siete del Unión Deportiva, le pegó fuertísimo a la caprichosa desde tres cuartos de cancha, “como con un tubo” habría dicho cualquier narrador, y el balón fue el ejemplo máximo de la segunda ley de Newton “la aceleración de un cuerpo es directamente proporcional a la fuerza que actúa en él”, acabó incrustado junto al palo derecho del arquero. Un gol de antología.

El salto de euforia de los canteranos, del entrenador y de la pequeña barra verde no se hizo esperar, quedaban cuatro minutos en el reloj y nuevamente necesitaban sólo un gol para salvar la categoría. Don Cristóbal y el resto de los aficionados escarlatas guardaron silencio, dos horas antes, dadas las condiciones con las que se presentaba el rival, ninguno del Atlético tenía presupuestado un gol de los del viaducto. El silencio de la gente del Mendoza era tal, que incluso se escuchó por un segundo el grito
de “quedan cuatro más el agregado” que provenía de la banca visitante.

Quedando dos minutos por jugar, Lomelí se dirigió a su auxiliar preguntando si entre los canteranos habría algún delantero confiable para buscar algo por arriba, el auxiliar comentó que el nueve nominal que habían habilitado se encontraba haciendo buenos goles en el torneo nacional de reservas pero era un crío de sólo diez y seis años de edad. Lomelí asintió con la cabeza aprobando la entrada del delantero.

El cambio se realizó en medio de la rechifla de los miles de espectadores que por un lado, recordaban a los familiares del jugador que salía y por otro, pedían el pitazo final del árbitro. Tal sonido logró que no se pudiera escuchar ni el nombre del adolescente que entraba ni tampoco de quién salía, aunque esté último fue fácilmente reconocido, era el volante central.
Instantes después, el cuarto árbitro mostró el número cinco que indicaba los minutos que se añadirían a los noventa ya jugados. El nerviosismo en el Coliseo era tremendo, el cuadro rojo se había tirado para atrás y el Unión Deportiva
atacaba más con voluntad que con fútbol a sabiendas que un gol los dejaría en primera. Carlos Sosa, entrenador local, ya había agotado sus cambios, parando una doble línea de cinco que aguantara los segundos que quedaban.

El reloj marcaba el minuto noventa y cuatro con treinta y siete segundos, Renato descifró la salida local y anticipó el pase del lateral escarlata por lo que robó el balón y filtró la bola a línea de fondo donde el medio ofensivo recibió y centró a la olla, Don Cristóbal y los otros setenta y tres mil espectadores pidieron fuera de juego; el centro fue justo en el manchón penal, el adolescente inexperto número ochenta y cinco remató de cabeza entre dos centrales rojos, la bola se incrustó por la izquierda haciendo inútil el vuelo del arquero, era el primer balón que tocaba el reserva.
La explosión de felicidad que expresó el canterano tirando su playera, gritando como energúmeno y llorando, fue la manifestación máxima de júbilo y obviamente fue acompañada por los compañeros titulares y reservas que saltaron y corrieron a alcanzarle. En la grada, la felicidad de los jugadores de San Germán se contagiaba en la barra verde.

Don Cristóbal estuvo a punto del llanto pero parecía estar en shock, no tenía idea de lo que estaba pasando; el resto de los aficionados rojos parecía que se encontraban en un funeral: las caras desencajadas y recaídas de miles y miles de individuos expresaban las más tristes emociones. Ninguno sospechaba que en ese lugar sucedería una muerte.

El silencio sepulcral del estadio permitió escuchar al sonido local anunciar el gol para el joven delantero, cuyo nombre se pudo conocer, era Hernán Rosales.
-Es el Prisionero- mencionó el joven sentado junto a Don Cristóbal.
-¿El Prisionero?- replicó Don Cristóbal.
-Juega en reservas, lleva treinta goles en el torneo. Le dicen el Prisionero porque es hijo del que encarcelaron por el crimen de lacantina- sentenció el joven.
Don Cristóbal se quedó petrificado. Su equipo, el único amor que le quedaba, perdía la categoría contra el máximo rival y el gol definitivo era anotado por su propio hijo. Su sangre aniquilaba a su sangre.

No sabemos si Don Cristóbal respirará diez, veinte o treinta años más, pero lo que sabemos es que el ya ha muerto, su alma murió después de un gol en la calle 47 muy cerca del metro Obregón.
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