Tras recibr algunos buenos relatos, llega el momento de develar al campeón del Rincón Sapiens de julio, el Señor José Fonseca (Alías Don Pietro) y su relato, una oda a la gloria que se escurre a veces.

una vez más rincon sapiens nota

9 de Julio del 2014.
7:57 pm

Sonriente, con la picardía que le caracteriza, con un amplio sentido de satisfacción por haber firmado la noche más importante de su vida futbolística, se encuentra, Lio.

Mientras se ducha en su habitación del complejo Cidade do Galo, el astro argentino recrea una y otra vez, el momento que lo encumbró al podio histórico, junto a los monstruos ilustres, del deporte más hermoso del mundo.

Aquellos segundos de gloria sobre la cancha del Maracaná, vislumbran su pensamiento, la piel se pone de gallina y se erizan de nuevo sus sentidos. Al borde de las lágrimas. Lio ha llenado de gloria a su pueblo, ha reinventado la manera de vestir la Gloriosa Albiceleste, ha puesto punto y aparte al mítico 10 pampero. Y algo tan grande, merece ser enmarcado por un par de lágrimas.

Y es qué, ¿cómo no llegar de nuevo a las lágrimas?

Si se ha consagrado en un recinto mágico, en la mítica casa del enemigo cultural, social y deportivo, por excelencia de su gente. Sí, ha silenciado gran parte de la tribuna del Jornalista Mário Filho, la otra ha gozado y aplaudido al futbolista más grande de la historia.

Mientras tanto, vuelve un poco a la realidad para enjuagarse el rostro, sin embargo, resulta difícil olvidar su consagración.
Al cerrar la regadera, ahí está… una vez más.

Corre el minuto 15 del segundo tiempo extra, el escenario, la Final de la Copa del Mundo Brasil 2014, el rival: Alemania. Los alemanes, ésos que fueron enmarcados, por la frase de un inglés (otro rival, por razones que duelen recordar), y es que, aquel inglés con el que comparte un lugar histórico en Catalunya, solía decir que: «el futbol es un deporte, inventado por los ingleses, donde casi siempre ganan los alemanes.»

Lio ve con atención el marcador del estadio, parece el tiempo adecuado para ejecutar el: «casi siempre».

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En el campo, el gigante teutón sueña con: «América para los europeos», en la memoria está, fresco el recuerdo del Olímpico de Roma. Die Mannschaft, el culpable del último llanto de su pueblo, y la derrota más grande del Diego, la oportunidad es única, Lio sabe que es ahora o NUNCA.

Y ahí va, el rosarino pide la pelota fuera del área, en su mirada, se refleja la decisión más grande de su vida, hasta ahora. Saldará su deuda con su tierra y con la hinchada, se confirmará como el nuevo ídolo, de lado quedarán las hazañas de Kempes, Bertoni, Fillol, Passarella, Burruchaga y por supuesto. El Diego.

En cuestión de segundos, su botín izquierdo, hará lo impensado por el hombre. Saldrá un regate fantástico, la finta que pone la gloria en la punta de la lengua y el disparo más soberbio del mundo, se eriza la piel, sale la euforia de lo más recóndito del ser y un grito de pasión inmaculada.

En la cancha quedará tendido Hummels, ha quedado en el intento, Neuer será fiel testigo de aquella obra de arte.
Las redes se estremecen y…

¡GOOOOOOOOOOOOOOOL!

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¡Vaya pincelada! Momento sublime, se acompaña, del abrazo del alma, en la cancha, corren tras él, un agotado Mascherano y 9 gladiadores más, lloran, ríen, dan gracias a dios y se abrazan entre sí. Algunos quedan en shock, la emoción los ha rebasado y un clamoroso Sabella pide concentración y orden, a punto están de la gloria máxima.

En tribuna, llantos, besos y abrazos, de alegría y tristeza, Alemanes y brasileños anonadados, algunos desconsolados, sabedores que todo está perdido. Un ser de otra galaxia ha aparecido y se ha llevado toda la gloria.

Con su gesto divino, ha unificado a la hinchada, en la gran Buenos Aires, se abrazan bosteros y gallinas, el rojo canta junto a la acade, y el pincha ríe junto al lobo, van al llanto de la mano. En Rosario la lepra y el canalla son uno mismo. En Córdoba, festeja el pueblo pirata, y la gente del Matador goza junto al máximo rival.

En el barrio y el potrero, los pibes se ilusionan, tan pequeños y los sueños se han cumplido, el balón, el gran artífice.
En Malvinas retumba el grito de alegría, emerge el orgullo y la pasión dicta: ¡LAS MALVINAS SON ARGENTINAS!

Y sucede, en instantes de alegría y emoción, se ha unido un pueblo, y nos devela un momento más. Que sólo, los amantes del futbol, conocemos y hemos experimentado. El orgullo, la pasión y el triunfo inundan, a un país, ansioso de victoria. Por segundos se han olvidado, las rivalidades, la desigualdad y por así decirlo, el entorno socio-politico, aunque Lio sabe, puede dañar la susceptibilidad de algunos.

Y ahí está Lionel, tendido sobre el campo del mítico recinto carioca, con sus fieles seguidores abrazando su alma, y con la unión que su magia ha traído.

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Vuelve a enmarcar su acción con lágrimas, besa el escudo de su transpirada remera, lanza una mirada al cielo y agradece al todopoderoso, el instante más bello de su carrera. Busca al pequeño Thiago con la mirada, sonríe y agradece aún más al cielo. Es hora de terminar el asunto, se acomoda la camiseta, y el gafete que ha dignificado, con tanto esfuerzo, sudor, sangre y lágrimas.

Y es que, el torneo de Lio, ha sido fantástico. Pero este juego en específico ha sido la máxima de su carrera, ha corrido, gritado, recuperado la redonda y organizando los ataques de la albiceleste. Los alemanes han competido dignamente y esto, enaltece más el trabajo del genio pampero.

Balón a media cancha, se preparan los teutones para el último embate, silbatazo de Rizzoli, presión de un desgastado Agüero, como ha jugado hoy el Kún, no se cansa y ha sido fundamental para el éxito.

Se agotan los segundos, Alemania no logra aprovechar su posesión del balón, pase desesperado del joven Götze, roba el jefecito, el Masche, el otro gladiador, el otro que saca la casta y pone el pecho a las balas, el capitán sin gafete, el verdadero jugador del pueblo. Toca para Lio y… Rizzoli pita el final de la noche… ¡La gloria total ha llegado!

Argentina se alza con su tercer Copa del Mundo, después de 24 años. Ahora son los alemanes, los que yacen, derrotados sobre el césped de Maracaná. Los gauchos lloran y ríen de alegría, la felicidad se transpira y retumba en la tribuna: OLÉ, OLÉ OLÉ, CAMPEÓN, CAMPEÓN… ♪ OLÉ, OLÉ, OLÉ, MESSI, MESSI… ♪

Y llega la premiación, primero el siempre discutido cuerpo arbitral. Buen trabajo han realizado.

Después, el gigante europeo, aún desconsolados, y orgullosos de pelear hasta el final. Dignos subcampeones.

-¡Lo siento!- dice Lio.

«América, para lo americanos.»

Piensa.

Ha logrado, cumplir aquella frase del inglés, y bordado la tercer estrella en la camiseta argentina.

Es capitán, líder, goleador, y el mejor de esta y otras galaxias. No hay discusión, Lio. Recibe los trofeos correspondientes. Pero ninguno le satisface tanto, como el último regalo que está por llegar.

Ahí va, Blatter, uno de sus más fieles seguidores, lo mira como un padre a un hijo, el día de su boda o en la graduación, luego está Don Julio, lo abraza, le da un beso lleno de ternura y le agradece la gloria que ha llevado a su pueblo.

Llega el momento soñado, lo que algún día le contaron sobre Passarella y el Pelusa, y repite la hazaña, y en su mente, la imagen del Kaiser en 78, sobre la cancha del Vespucio Liberti, y el Barrilete Cósmico en el Coloso de Santa Úrsula, besando la madre de todas las copas, la que da y quita en el deporte por excelencia.

De pronto, Lionel cierra la llave, sale de la ducha y toalla en mano olvida algo importante, no sabe que. Todo se nubla, no hay recuerdos que se asemejen en su memoria, el silencio predomina en lo más profundo de su ser…

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Y mientras Messi ha intentado recordar tal gesta, se encuentra parado a media cancha del Nacional de Santiago, a un lado de los suyos, pero muy lejos del entorno. Observa con desdicha la situación.

Definido por penales. Marcador 3-1, favor Chile.

Un tal Alexis Sánchez, su ex compañero en el ataque culé, está por cerrar la proeza más grande del futbol chileno, ante el máximo rival.

Silbatazo, arranca Alexis, ejecuta y… su disparo a lo Panenka, obra de arte, muchos huevos del chileno para picar lentamente la pelota, Romero se tira a su izquierda y…

Mascherano llora, Higuaín luce distante, sabedor de que pudo cambiar la historia. Banega es consolado por sus compañeros, y Romero queda en el arco, como el hombre más solo del mundo.

Alexis se encumbra, sus hermanos en la cancha corren tras él, algunos lloran, otros ríen. Justo como Lio imaginó, el Niño Maravilla ha traído gloria y felicidad a un pueblo ávido de triunfos.

De nuevo Lionel busca en su memoria, no encuentra aquel instante imaginado en la ducha, no recuerda, haber conquistado Río de Janeiro, busca en su camiseta y dos estrellas, le dictan regresar a la realidad.

Messi; ahí. Parado, una vez más, a las puertas de la Gloria, un escalón debajo de Diego, Kempes, Passarella, el Charro y Batigol. Contempla la historia que Chile ha modificado. Carga sobre su espalda el dolor de 40 millones de argentinos, y el peso de 22 años sin probar las mieles del triunfo. Mira al cielo desconcertado, suelta una sonrisa y…

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Una vez más, Lionel ha dejado pasar la oportunidad de meterse al olimpo del futbol, ha quedado a deber al mítico 10, y sigue atrapado en las odiosas comparaciones con Maradona.

Una vez más, lo sabe.