Estoy dentro de los 30 años, exactamente un par menos de la cifra, pero ya le doy la bienvenida a eso dígitos desde ahora. A pesar de la edad, sigo siendo un niño con miedos y temores; he aprendido a disimularlos, a veces a ocultarlos y algunos los he podido superar.

Mis miedos son trillados y para la mayoría comunes: un gol en contra, fallar un penal, una lesión del 10 o del 9, malos entrenadores, futbolistas que no tienen nada que hacer en un campo (al menos no jugando, tal vez de jardineros) y perder el clásico, por nombrar los ordinarios, tan usuales como el coco, los zombies y los robachicos.

Como si estas bestias que me atormentan no fueran suficientes, tengo otro miedo, el mayor de todos, el que únicamente algunos entienden, que no es común y que parece salido de la imaginación de Guillermo del Toro. Este miedo es uno que no involucra a todos los aficionados ni a todos los equipos, no desde que veo fútbol de México. Mi mayor temor: que mi equipo descienda. No es precisamente eso lo que me causa pavor pero es la raíz del miedo. Perder una final y por penales lo he superado, nunca haber conseguido un campeonato, lo estoy afrontando y no son estas las razones, la que vale para mi, que me quita el sueño, me distrae, me desconcentra es que la primera vez que celebre un título de liga sea el de segunda. Porque no me importa qué nombre le pongan, Primera A, Liga B o Liga de Ascenso. A fin de cuentas es una liga inferior, porque no juegan los mejores, la mercadotecnia en los nombres me vale pepino es fútbol de segunda por definición.

De aquí nace mi temor, de celebrar algo de lo que hemos disfrutado desde que soy parte del equipo, jugar en primera división. Temo que la primera vez que levantemos una copa sea la de segunda, porque mi novia me lo ha dicho, la primera vez no se olvida y mi primera vez quiero que sea en la grande, donde los he visto toda mi vida, no me importan los errores del pasado, y los descensos anteriores. En mi presente hemos sido siempre de primera, y no sólo eso, hasta hemos estado cerca de conseguir el campeonato, se tuvo que decidir, como si no hubiéramos sufrido tanto ni hubiera tanto drama en nuestra historia, en los penales; claro, perdimos.

A pesar de todo, nunca he negado el amor a mis colores, es como decir que la mujer con la que te besas no es tu novia sólo porque no todos ven lo hermosa que es. La pasión que tengo por ella sólo yo la entiendo y no se la tengo que explicar a nadie.

Por eso, me aferro a un título con todo mi cuerpo.

No importa que hayamos entrado de repechaje, siendo octavos, encerrándonos con 10 atrás, quiero, por primera vez en la vida, ganar algo, ganarlo desde mi butaca, ganarlo junto a mis amigos, a mi familia y a mis futbolistas, y no quiero que sea en segunda. No quiero desear ser campeón en segunda.

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Quiero que después del título retiren todos los números, que únicamente se utilicen los números del 30 en adelante, que la radio también se enorgullezca del equipo y retire el 58 como todos los demás. Siendo campeones de segunda no lo van a hacer. Sería una victoria insípida.

Porque una vez en segunda ya nada será igual para mí, dejaré el futbol y tendré que verles los pies a las mujeres, tendré que ir a bares donde no pasen los juegos y donaré mis playeras, que aunque sirvan para quitar el frio a los desamparados, no fueron hechas para eso. Mi vida cambiará y no será la misma, jamás. Yo no tengo amor de condominio, a mi no me comprara algún otro club para ser su aficionado y aunque en un año estemos de regreso, mi miedo, mi pavor, lo que me aterra se habría hecho realidad, ser campeones de segunda, sin miles de hermanos con los mismo colores festejando en el monumento, sin romper 60 (y más) años sin hacerlo, sin agregarle otra estrellas sobre el escudo, nadie le pone estrellas cuando el título es de ascenso, ni el Pachuca, que las pone hasta por ganar un interescuadras, porque lo saben muy bien, ser campeón de segunda no es festejar un campeonato, es ganar un ascenso, no es ser mejor que todos los demás, es sólo el derecho de competir con otros, los mismos con los que antes no se pudo.

Si no descendemos la esperanza de vernos campeones en primera se mantendrá toda la vida, y a eso se aferrará la mía, porque cualquiera puede ser campeón, tan difícil para nosotros coronarnos como sencillo para otros que su existencia se cuenta en meses, los envidio y no de la buena, sino de la que te corroe por dentro, la que te hace golpear, lastimar y dañar al prójimo, aunque nunca lo haya hecho, no puedo decir que no lo haya sentido.

Mi anhelo de un título se basa en la irregularidad del torneo, es de lo que vivimos los de abajo, quéjense los periodistas y los aficionados de otros equipos que aspiran a ganar todos los juegos, nuestras migajas, las que nos alimentan durante las 17 jornadas, son que el partido más malo de todos sea contra nosotros, que los 19 equipos fallen por esa irregularidad y nosotros sepamos qué hacer con eso, después, en los partidos de ida en liguilla, nosotros de locales, nos encontremos con el error de un defensa, que en tiro de esquina jalen a un delantero o que el arquero conceda rebote y se nos aparezca un gol. Uno, es lo que pedimos; para el de vuelta, en nuestro hogar, jugaremos Tetris en la portería, nos acomodaremos y evitaremos que entre el gol, y lo repetiremos las veces necesarias, eso es lo de menos, para lograrlo no necesitamos creatividad ni idea, sólo honor, decisión y sacrificio, que fácil no la pone el futbol, eso nos sobra.

Y el deseo de título sólo se mantendrá, estando en primera. Lo único que pido es, de segunda no por favor, de segunda, no.