Giovanny Alcocer con su escrito, “Los Autómatas”,  fue el ganador del Rincón Sapiens. Su magnífico análisis del futbolista mexicano nos obliga a reflexionar en el tema definitviamente.

El futbol mexicano se encuentra inmerso en una profunda crisis como  nunca antes se había visto. Es cierto, nuestro futbol nunca ha sido de los más competitivos del orbe, ni ha contado con una gran calidad para destacar, pero el hecho de que el futbol europeo cada vez esté llegando a más hogares ha hecho que el aficionado se decante por el balompié del viejo continente, en lugar de ver, ya sea en el estadio o por la televisión, el devaluado futbol nacional; la gente, en resumidas cuentas, ya no compra el futbol mexicano.

Lo que parecía imposible se está dando: la gallina ya no quiere poner huevos de oro. En la eterna búsqueda de la solución, los diversos personajes asumen la incorrecta postura de echarle la culpa a todo el mundo sin darse cuenta del que el problema no es de uno, sino de la conjunción de los errores de todos; incluidos ellos mismos. Para los futbolistas, los periodistas que difaman y los directivos que castigan son los culpables. Para los directivos, la debacle actual se debe a que los futbolistas son los irresponsables que no se toman en serio el trabajo y que los periodistas sólo buscan la nota amarilla. Para los periodistas, todo es culpa del sistema mediocre de competencia, y si no pertenecen a alguna de las dos televisoras más importantes del país, la culpa es de éstas.

¿Cómo dialogar en semejante babel? Más aún, ¿cómo encontrar una solución a esto? Una región inexplorada en el debate contemporáneo sobre el tema me hace pensar que la solución está, precisamente, en los futbolistas. A pesar del sistema de (des)competencia que se tiene, de la prensa amarillista, en el futbolista está la posibilidad de que, sin cambiar nada, el futbol mexicano pueda convertirse en un producto de calidad.

Desde el Siglo XVIII, la humanidad ha sentido una especial fascinación por los autómatas. En parte, por su utilidad, en parte porque es jugar a ser Dios. Sin importar si se trata de máquinas o humanos, los autómatas han sido parte esencial de nuestra cultura. La característica principal del autómata es, paradójicamente, la falta de libertad y, por tanto, su entrega involuntaria al desmedido determinismo.

El futbolista mexicano peca de autómata y el futbol nacional estará sumido profundamente en la mediocridad hasta que no se dé cuenta de su condición y decida salir adelante. En este sentido, la historia del futbol nacional ha sido ingrato con un hombre que desde hace más de 30 años marcó la pauta: Carlos Albert, el futbolista que fue libre. Me parece que en este deporte no debería de haber alguien más admirado en México que el señor Carlos Albert, porque supo ir más allá de las canchas y esto, estrellitas o no, nadie lo ha hecho. Sin ser en la cancha un jugador que causase asombro, Albert ha descubierto el hilo negro que pudre el futbol mexicano: la falta de libertad, pero no por culpa de Televisa o Televisión Azteca, sino por su propia culpa.

Renunciar a la libertad significa comodidad. Ser libre genera angustia, causa pánico el nubloso porvenir. Dejar de libre, en cambio, es encontrar la seguridad de la protección en algo. Al futbolista poco o nada le importa si en 10 años va a comer, a él le importa que ese día pueda conducir su auto lujoso e irse de parranda con algunas chicas buena onda. Es deprimente enterarse que jugadores que ganaban cerca del millón de pesos mensual, acaban años después en la pobreza.

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El futbolista, en su condición de autómata, no se ha dado cuenta de su enorme poder;  es la máquina de la fábrica que saca todo adelante y al final el provecho es para el patrón. La ecuación es simple: sin futbolistas no hay futbol. Es indignante que no puedan ni siquiera reclamar derechos básicos; no hablar de un trato especial o preferencial, exigir algo básico como eliminar el pacto de caballeros o el famoso draft .

El superar la seguridad que brinda el sistema actual, abrirá los ojos del futbolista y se dará cuenta de que hay cosas mucho más provechosas y trascendentes que vivir para un automóvil; más aún, que llegar a lo máximo del futbol mundial puede traer, si se le quiere ver por ese lado, muchos más automóviles y casas lujosas por el mundo.

El primer paso, por supuesto, es la unión de los futbolistas para exigir un trato justo. Y no sólo exigir algunos derechos, también mantenerlos y protestar cuando esto sea necesario. Pero no sólo esto basta, si el futbol mexicano está basado en un sistema de competencia carente de efectividad, entonces debe darse cuenta de que el futuro sólo debe estar en Europa o, incluso, Sudamérica.

El futbolista mexicano debe vulgarizar su expansión hacia el extranjero. Hemos heredado el romántico ideal de que las figuras ganan partidos y mundiales. En la actualidad esto ya no se da. Ya no hay Pelés ni Maradonas que ganan mundiales; ya ni Messi ni C. Ronaldo pueden hacer eso: los resultados en el futbol son producto del juego en conjunto.

México sigue viviendo de esa ilusión de las figuras; sale al extranjero sólo si es a un gran equipo y con un sueldo considerablemente mayor. No es capaz de darse cuenta de que si sacrifica intereses económicos, puede llegar a tener resultados mucho mejores. No le importa al aficionado si este jugador poco o nada juega en su equipo, sigue ilusamente pensando que hay que convocarlo a la Selección porque éste algún día dará algún chispazo que nos lleve a ganar el Mundial; por su puesto siempre terminamos soñando con el famoso quinto partido.

El futbolista mexicano debe darse cuenta de que jugar en Europa no es una tarea tan complicada. Existen en todas las ligas equipos con menor renombre que les pueden dar una cabida en circuitos de alta competencia. Y, mientras estés con los grandes, desarrollarás al máximo tu potencial. La solución a nuestros problemas está en la carencia de juego competitivo, no de falta de capacidad del jugador mexicano.

Reza el dicho popular de que si la montaña no va a Mahoma, Mahoma va a la montaña. Basta ya de quejas y revoluciones con el chipote chillón en mano. El futbolista tiene en sus manos el poder para o cambiar la liga mexicana o salir avante de ella. No toda la culpa es de los directivos, televisoras, periodistas, promotores o aficionados; el futbolista es el único que tiene en sus manos las posibilidades para salir adelante. Si el futbol nacional cambiase y se pusiera un sistema de competencia a modo, si el futbolista no cambia su mentalidad, seguirá siendo el futbol nacional la misma entidad mediocre de siempre. El primer paso: dejar de ser los autómatas del futbol, que venga la libertad.

(Por: Giovanny Alcocer)