Existen jugadores que desafortunadamente en el acervo de sus logros no cuentan con evidencia de un palmarés estadístico que avale sus éxitos, su calidad. Sin embargo, en el dichoso recuerdo de la historia futbolística aún perduran héroes de la cancha que con su talento dieron dignidad a una camiseta que por intrascendente que hoy parezca marcó época. En esta ocasión las letras de la memoria se rinden ante Alexander Mostovoi y su zarista presencia en Celta de Vigo.

Hablar del futbol ruso hoy en día es orientarnos a los extremos del pasado reciente con Salenko y al presente más que actual con Arshavin. Pero en ese punto medio del tiempo figura un jugador poseedor de un fino toque, liderazgo y visión de campo en el centro de la cancha, Alexander Mostovoi. ¿A poco no lo recuerdan?

Este ruso marcó un antes y un después con el Celta de Vigo durante ocho años. En compañía de otro compatriota, Valeri Karpin, fue el artífice de una etapa donde el equipo español deleitaba a los aficionados con su futbol. De ser una escuadra desconocida pasó a convertirse en un hijo malcriado de la liga española convirtiéndose en protagonista de un verdadero deleite en la parte media-alta de la tabla con Mallorca, Valencia y Deportivo.

Mostovoi era un amo del tiempo-espacio corto que sabía moverse en un metro del medio campo para que con un toque se desprendiera el ataque del Celta con Revivo, López, entre otros. Asimismo, poseía la sutileza de una mirada o de un gesto para comandar su zona defensiva: si había que defender recorría dos metros hacia atrás y con un movimiento del rostro indicaba a sus defensores, Cáceres entre ellos, qué zona de la cancha cubrir.

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Para él atacar era la mejor forma de defender. Y lo hacía con el balón en los pies, desprendiéndose del esférico ante dos opciones evidentes: compañero bien colocado o sentencia de gol. Inteligente, diseñaba la jugada antes de culminarla: ninguna pelota reventada o lanzada a la nada; siempre preciso con el pensamiento del toque.

Tras vestir la playera celeste del Celta de 1996 a 2004, el “Zar” se iba de Vigo dejando entre su hinchada la obtención una Intertoto, una final de Copa del Rey y la hazaña de haber llevado al equipo a Champions League, además de Copas UEFA. A la distancia qué más da si obtuvo títulos o no cuando en sus hombros cargó con algo aún más relevante: la transición del fútbol lento y antiguo de la generación Salenko hacia el futbol rápido y virtuoso de la chamacada Arshavin; un paquete que pocos se atreven a soportar y que Mostovoi lo sacó a flote a costa del olvido.