Previo a la batalla

Japón, 2002. No hay luna llena sobre el campo de Nigata. Está por disputarse el partido entre Inglaterra y Dinamarca, correspondiente a los Octavos de final del Mundial Corea-Japón. Algo no está bien y David Beckham se da cuenta de ello. Al inglés le resulta intrigante ver a los daneses nerviosos, alterados; derrotados antes del juego. Su mirada se enfoca en Stig Tofting, que junto a Gravesen, es quien no deja de gruñir, de gritar; como queriendo decir “estoy listo para la lucha”. Pero David observa un detalle en Tofting: el danés alza la mirada al cielo y entristece.

El ambiente alterno

Un hombre coge su pistola y se dirige hacia una mujer, su esposa. Sereno y sin temor alguno le dispara a sangre fría; ésta cae muerta de inmediato. El asesino se hinca para cerciorarse que el cuerpo no tenga señal de vida: palpa las muñecas, pone el oído al pecho. Espera unos segundos y al comprobar que el corazón de la mujer ha dejado de latir coge nuevamente la pistola y se apunta a la sien; se suicida.

Horas después, el hijo adolescente de la pareja regresa de la escuela. Entra a la casa aventando su mochila a un costado de la puerta y grita “mamá”, “papá”. Silencio sepulcral alrededor, nadie le responde. Molesto por un mal día en el colegio quiere encerrarse en su recámara, pero al cruzar frente al cuarto de sus padres un enorme charco de sangre atrapa su mirada. Con paso lento y cargado de miedo ingresa a la recámara de papá y mamá, ambos yacen muertos sobre la alfombra.

Huérfano a sus 13 años de edad, el adolescente queda bajo el cuidado de su abuela. Tiene que encontrar la manera de superar la tragedia y llevado por el ímpetu juvenil se convierte en un ángel del infierno, un motociclista que viste al estilo Easy Rider y se tatúa el cuerpo. En el vientre se escribe la frase “sin remordimientos”. No obstante, la necesidad de llevarse el alimento a la boca, combinado con la carga emocional que trae, lo orilló a desenvolverse como camionero de carga y descarga. El trabajo lo equilibra con el futbol, dando sus primeras patadas en el equipo AGF, en su natal Dinamarca. De inmediato saca a relucir el carácter bravío y duro que lo caracterizará en un futuro dentro y fuera de las canchas.

Pasan los años y se ha convertido en un hombre, en todo un profesional del balón. Atrás ha dejado las noches arrulladas con motores y cobijadas por pleitos callejeros. Durante un tiempo la luna llena era la causante de convertirlo en un lobo; hombre-animal sanguinario, sediento de (auto)destrucción al compás de los golpes y navajazos. Ahora es un futbolista, símbolo de su selección nacional. Y será la luna llena su fiel compañera en los momentos o menos oportunos o cuando más carácter requiere. Desafortunadamente, jamás aparecería en lo deportivo.

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Ha regresado del Mundial y junto a sus compañeros festeja la experiencia recién vivida en un bar. Pero su temperamento lo hace presa de la furia. Un vago recuerdo con la imagen de sus viejos sobre la alfombra y la frustración de caer ante Inglaterra se combinan con las copas: enojado y alterado le propina tremendas palizas al dueño y mesero del lugar. Este incidente le ha ocasionado que un tribunal de Copenhague lo condene a cuatro meses de prisión.

El proceso en su contra trae consigo el desamparo. Su equipo, Bolton Wanderers, le ha dado la espalda y decide correrlo argumentando no soportar sus conductas. Decidido, el danés sostiene que enfrentará a la justicia dando la cara y accediendo a ingresar a prisión, pues cree que no tiene por qué apelar una sentencia que merece ser sancionada. Previo a dormir en las rejas sentencia: “no soy un hombre que se coma a niños pequeños”; la dualidad de condición lobo-hombre.

Sin embargo, su decisión de ser encarcelado tiene un motivo más fuerte que el hecho de cumplir con la justicia y pagar su error, el nacimiento de su cuarto hijo. Ya sin contrato de por medio en algún club, y de acuerdo a sus ahorros, quiere permanecer para siempre en Dinamarca y dedicarse al cuidado de su familia. Pero las cartas marcadas de su destino le tienen preparada una nueva tragedia. A causa de una meningitis, su cuarto retoño pierde la vida a los 22 días de nacido. Un intenso aullido, emanado de un cruel y metafórico calabazo, retumbó en todo el país.

Fin de la batalla

Japón 2002. Al final el resultado favorece a los ingleses con un tres a cero contundente. Pero a Beckham la imagen de Tofting, el guerrero danés, luchando todo el partido no se le olvida. Beckham no sonríe, no festeja. En el vestidor alcanza a su rival y al intentar abrazarlo mira un rostro pálido, decaído: una boca sedienta y sin colmillos. Tofting le susurra: “hoy no hubo luna llena. Para mí siempre sale en las noches equivocadas; aparece cuando no la necesito”.