-¿Por qué llora ese hombre, papá?

-Porque es un ser humano.

-Tú me dijiste que los hombres no lloran.

-No me hagas caso.

La pregunta del niño sorprendió a mi vecino. Su hijo, de seis años, apenas y logra, o lograba, entender el futbol. La imagen de Andrea Pirlo, del poema envuelto en lágrimas al término de la final ante España, le impactó. No es para menos, a su edad comprende que una lógica en las canchas es el triunfo, los festejos. Gritos eufóricos y celebraciones exaltadas las identifica como lo más normal, no así el llanto.

Futbolero de hueso, el vecino ha querido introducirlo a la belleza del balón. Le ha señalado en diversas ocasiones que ponga atención a los triunfadores, a los tipos fuera de serie como Cristiano Ronaldo, Lionel Messi o Iker Casillas, jugadores que para él siempre ganan y deben ser guía instructiva para los aficionados en puerta.

Por el contrario, los vencidos no forman, o formaban, parte de su concepción futbolística: «A ellos nadie los pela, siempre serán los segundones». No así para su hijo. El escuincle quedó atrapado con la tristeza de Pirlo. En su mente y en sus tripas infantiles halló la ruta de lo que parece ser su gusto por el futbol. La cara opuesta a la victoria llamó su atención: «que alguien lo abrace, papá». Y su padre solamente pudo ahogar un nudo en la garganta.

Acabado el partido, y en compañía del niño, mi vecino fue a votar. Como muchos otros se esperó a que terminara el juego para acudir a las urnas. Cuando vio la fila, compuesta de adultos mayores y varios jóvenes felices porque votarían por vez primera, se puso a llorar. Le pregunté por qué se ponía así.

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-¡¿No estás viendo?! ¡Mira cuánta gente! Hace mucho no veía a los vecinos tan motivados.

El chamaco se abrazó a la pierna de su padre, quien al sentirlo se puso en cuclillas para estar a la par. «Si chillo es porque quiero lo mejor para ti», le dijo a su hijo. El niño volteó hacia mí para preguntarme cómo se llamaba el jugador que vio en la televisión. «Pirlo, Andrea Pirlo», le respondí.

-Papá, si Pirlo llora tú también.

-Pero Pirlo es Pirlo.

-¿Y qué? Tú también eres humano. ¡Y me tienes a mí!

Se fundieron en un abrazo de esos que uno ya quisiera. Mientras el vecino votaba me quedé con su hijo respondiéndole todas las preguntas sobre Pirlo. Que si es bueno, que en dónde juega, que por qué se llama así. Una vez que regresó su papá emprendimos la marcha por un café.

-Papá, ¿cuando yo crezca ya no jugará Pirlo?

-Ya no, ya estará retirado.

-¡Ay, no! Que nunca se retire.

-Pero tiene que ser así.

-Entonces no quiero crecer.

A reserva de lo que indique el tiempo, el futbol alberga en lo inmediato a un pequeño aficionado que se adentra en la pasión gracias a la figura de un hombre llorando por la derrota, al vencido que rara, muy rara vez tiene adeptos en el terreno de juego.

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