El futbolista que descendió y se hizo héroeHace muchos años Manolo debutó en Primera División. No es difícil imaginar lo que sintió: ansiedad, miedo, emoción, ilusión, gusto, orgullo. «Vas adentro», le dijo su entrenador, y así saltó por primera vez a una cancha de la máxima categoría, esperando que fuera el primer paso de una carrera lujosa.

Por supuesto, al decir lujosa, quiero decir llena de títulos, goles, triunfos, copas, reconocimientos y aplausos. No estuvimos ese día, pero no es difícil imaginar la escena cuando en la zona de calentamiento escuchó la voz del técnico convertida en anuncio de estreno en Primera. Estiramientos, trote, grito de «¡venga para acá!» y voces de sus compañeros de suplencia gritando: «fuerza hermano», «vamos Manolo». Vaya, las palabras menos originales pero más comunes de aquellos sujetos que ven el partido sentados.

Se acomodó las medias, se ató las agujetas, se fajó la camiseta, siguió estirando las piernas, mostró al cuarto árbitro los tachones y las espinilleras, chocó la mano con el sustituido y corrió por primera vez como futbolista profesional.

Hoy, en 2010, sabemos que como muchos otros jugadores, Manolo no trascendió en el futbol, su nombre quedó ignorado por el mundo de la pelota y quedó atrapado en el anonimato propio de quienes nunca fueron héroes de ninguna tribuna. Sin embargo, hace apenas unas horas, Manolo, Manuel González, el ex O’Higgins, volvió a escuchar aquellas palabras previas a su debut: «fuerza hermano», «vamos Manolo». Ya tiene 46 años, y a estas alturas, se fue al descenso más dramático de su vida, evento por el que su nombre fue oído, leído y reconocido por millones de personas. Convertido en un experto de la fortificación minera, Manolo fue el primer rescatista que descendió a la mina San José, en Copiapó, Chile, con la misión de traer a la vida a 33 mineros atrapados desde el 5 de agosto por culpa de un derrumbe.

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Se alistó a entrar, no a la cancha, sino a la cápsula de metal. Ya no se acomodó los botines, sino el traje antiflama y su casco blanco que tenía impreso su nombre. Su entrenador ya no estaba para obsequiarle palabras de aliento, en cambio, Sebastián Piñera, presidente de Chile, sí estuvo para decirle: «Llegó la hora de la verdad, usted esté tranquilo. Mucha suerte, que Dios le acompañe y que traiga a los mineros de vuelta».

Manolo volteó y, previo al descenso, sólo dijo «chao». Del otro lado del túnel, que no era el que conducía de los vestidores a la cancha, no lo esperaban miles de hinchas, sino 33 personas tan heroicas como él, entre ellos, Franklin Lobos, otro que no pudo meter su nombre en las páginas grandes del futbol.

Su descenso lo vio el planeta entero, y su festejo, ese primer abrazo, dio la vuelta al mundo en menos de 3 segundos. Manuel González, en ese momento visto por millones, era también la primer persona que veían los mineros tras 69 días.

El rescate fue un éxito, y Manolo, quien ya hace muchas tardes abandonó el futbol profesional, grabó su nombre en uno de los eventos más conmovedores que se recuerden, el rescate de los mineros de Copiapó.

Fue el futbolista que descendió y se hizo héroe.