Cada viernes las tardes eran mágicas en aquellas canchitas, con tribunas para los mirones, que muy dentro de ellos esperaban que algún equipo no se completara para tener la gran oportunidad de su vida…mostrarse y se requeridos cada vez más seguido. El sueño de jugar era inmenso y diario veíamos los mismos rostros ansiosos de entrarle a las patadas aunque en muchas ocasiones se pasaban las dos o hasta tres horas mirando solamente.

Aquel viernes curiosamente no había mucha gente en las gradas que tenían capacidad para unos 100 fanáticos. Figuraba entre ellos una persona mayor, aproximadamente unos 45 años de edad, nunca lo habíamos visto. Callado, el rostro serio, pero con esa ansiedad de jugar algunos minutos, seguramente. Ahí estaba observando las acciones sin hacer ruido alguno.

La reta estaba hecha, era de seis por equipo y una de ellas estaba incompleta, fue entonces que gritaron a la grada …”¿quién le entra?”,. Todos felices levantaron la mano, incluso unos se bajaron como queriendo ganar el lugar. Las cosas cambiaron cuando les dijeron, “pero de portero”. Ahí como que algunos frenaron su veloz descenso por las gradas, y era lógico, el portero tenía que ir por todos los balones que salían por las líneas de fondo o incluso si eran goles, pues redes no tenían los marcos. Además los primeros culpables de una derrota en las retas de este tipo, es el guardameta seamos sinceros.

Fue entonces que aquel señor, quien al preguntársele su nombre dijo, “Chato, así nomás”, bajó las escaleritas y se fue al marco. Su vestimenta nada elegante, pantalón de mezclilla, unas botas chatas bastante deterioradas y la camisa de cuadros rojos arremangada. Parecía todo, menos “pambolero”.

Las miradas y gestos de todos en la cancha y hasta en las gradas, eran de risa y hasta de “no ma…” Es más, sus propios “compañeros” de equipo se miraban con cierta resignación, pero ya qué, había que jugar.

Inició la reta a dos goles. De entrada tiros de lejos para aprovecharse de los pocos reflejos del Chato, que lucía ahí, de pie sin mucha postura de guardameta, la verdad se veía facilito. Curiosamente los tiros no entraban y la figura del Chato crecía segundo a segundo. Ya hasta molestia había en los rivales, y los de su equipo, hasta se animaban a irse al frente pues veían que sí, ¡había portero!

Lee también   Moctezuma Serrato, héroe del Peñarol

Las retas pasaban y pasaban, le encajaron uno o dos en total, pero señores, ¡el Chato era una muralla impenetrable! Tiros y tiros, balazos prácticamente y el Chato se quedaba con los balones asegurándolos contra su pecho.

Las risas empezaban a hacerse presentes en los que salían eliminados, no daban crédito a que un “ruco” como algunos le decían en voz bajita, con cierta barriguita chelera y con una vestimenta poco apropiada para jugar, se estuviese llevando la tarde del viernes, tarde en que su apodo iba a quedar grabado en la historia de las canchitas de la colonia Boulevares en Ciudad Satélite.

Después de varias retas, ya no recuerdo cuántas la verdad, por fin el Chato fue vencido en dos ocasiones, rápido, en un mano a mano que se lo quitaron con cierta facilidad y un tiro penal que le pegó en aquellas botas desgastadas y que el poste terminó impulsando al fondo.

Se levantó, dio las gracias y emprendió la partida. Los gritos de “¿eeeyyy ya te vas?” no se hicieron esperar, la reta nueva que entró le dijo que jugara para ellos, pero ya no era su momento. Aquel héroe emprendió la partida, abrió la reja metálica y se perdió a lo lejos entre la puesta del sol que nos deslumbró al verlo caminar de frente a ella, y cuando pudimos aclarar la mirada, simplemente ya no estaba.

Días después, los rumores de que el famoso Chato había sido reserva de un equipo profesional empezaron a propagarse entre todos los asistentes a las canchas. Algunos hasta lo admiraron, otros reían incrédulos.

A la fecha, siempre que estamos ahí, como aficionados o retadores, no perdemos la esperanza de ver entrar a un tipo con botas raspadas, camisa de cuadros arremangada y pantalones de mezclilla pegados a sus delgadas piernas.

El Chato se convirtió en figura aquella tarde y desde entonces para todos quedó bautizado como el Héroe Desconocido…