Al máximo sobreviviente de la catástrofe llamada futbol mexicano.

Pisar el Estadio Azteca representa más que un simple movimiento mecánico del cuerpo; es lo sublime del encuentro místico con el templo. Al decir “pisar” no hablo de los guerreros, victoriosos y derrotados, que han encarnado memorables batallas en su césped. No, me refiero a los plebeyos que fungimos como coro y público de la épica bendita que es el futbol.

Al sentirnos hijos de este santuario, lo más que deseamos es volver una y otra vez a sus brazos. En ocasiones, nada importan los actores de la guerra ni el color que defienden. Tampoco interesa el idioma que parlen o la raza a la que pertenecen. Sólo queremos ser pueblo; testigos de una herencia que jamás debe morir.

Pero por encima de tácticas y estrategias de los guerreros y de los gritos locos y profanos de nosotros los plebeyos, está la voz angelical proveniente del oráculo escondido. El lenguaje hablado por los dioses del Azteca han encargado la responsabilidad de la eternidad a un hombre, figura mítica y casi fantasmal que radica en el Coloso de Santa Ursula, Melquiades Sánchez Orozco.

Acudir a un partido y no escuchar la voz de Melquiades es un sacrilegio. Nada cómo enchinar la piel bajo el cobijo de su armonía vocal. Con frases tan simples, atinadamente comparadas con destellos de proverbios, engrandece la experiencia de lo que puede ser un partido más. Con Sánchez Orozco en el púlpito nada está de sobra, por el contrario, nos falta tiempo para admirarle como merece.

“Alineaciones para el partido”, “Gol anotado por…”, “Marcador en…”, “Cambio del equipo…”, son algunos de los esbozos pronunciados por tan respetable personaje. Sin embargo, y no hay que engañarnos, tristemente un día el arte concreto de la vida nos lo arrancará para dejarnos una nostalgia vagabunda en nuestros recuerdos. ¿Se han preguntado qué pasará el día en que Melquiades deje de escucharse en el Azteca?

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Su existencia en el futbol mexicano es tan gloriosa y mágica que no ha necesitado patear un balón o meter un gol para considerarlo como el futbol mismo. Quizá no necesite de homenajes ni fanfarronerías, pues en los latidos de los plebeyos, mayoría llamada pueblo, resguardará la gracia de su inmortalidad; la epopeya de Melquiades.