Hay cracks que nunca llegan
Hay cracks que nunca llegan

Prólogo

Eran jugadores de grandes condiciones que por razones a veces incomprensibles y otras tan simples que no se pueden creer, no alcanzaron el lugar de privilegio que merecían y que todos suponían, Ángel Cappa.

El siguiente texto es para rendirle tributo a esos chavales que tenían todas las condiciones y cualidades para jugar futbol, pero que desafortunadamente el destino no los quiso en una cancha. Como diría Ángel Cappa, “los cracks que no llegaron”. Muchos de nosotros compartimos equipo con alguno de ellos y más que envidias o celos generaban admiración por su forma de jugar, tanta que hacíamos todo lo humanamente posible para que ese crack cumpliera su sueño. Pero no fue así.

Y no llegó

Dicen por ahí que los periodistas enfocados al balón son futbolistas frustrados. ¡Cuánta razón! Y la frustración de irrumpir el sueño de convertirse en futbolista proviene de diversas causas: lesiones, imposiciones familiares respecto al futuro o miedo al éxito. Pero habemos algunos que nacimos con un gen rebelde y enemigo de las disciplinas, totalmente opositores a regímenes de control físico y mental. Tal es mi caso.

Recuerdo que durante mi etapa en Inter, equipo de la colonia, no había suplicio más grande que entrenar. Por el contrario, era un deleite sentarse a escuchar las indicaciones del “Güero”, nuestro entrenador. No todos compartían mi visión, pues algunos se enorgullecían del acondicionamiento físico porque creían que eso les daría la musculatura y cuerpo necesario para captar la atención de las chicas de la colonia.

Uno en verdad disfrutaba de los conocimientos y sapiencia de ideas futbolísticas que poseía el “Güero”, mismas que de su voz eran seducción pero aplicadas al terreno de juego nada más no nos salían: o las ejecutábamos mal o no entendíamos ni un carajo. Al principio –hasta la fecha desconozco sus motivos- el “Güero” me ponía como medio de contención, posición en la que no di una durante cinco partidos.

Fui alto, corpulento, aguerrido y nada temeroso. En contraste, poseía defectos como lentitud y poca técnica. Un buen día me mandó llamar para decirme que jugaría como defensa central junto a Aníbal, un chavo que era la elegancia misma en la defensiva: toque, velocidad, amo de los tiempos. Sin embargo, Anibal tenía una falla: era muy noble; temía rozar o chocar al rival por miedo a que lo expulsaran, golpearan o sacaran de cambio. Le tenía pavor a la derrota o al fracaso debido a que él sí entrenaba como Dios manda con el único propósito de llegar muy lejos en el futbol.

Total, me pusieron con él y la indicación del “Güero” fue muy clara: “cuídalo”. Para ese partido, y por ende en los consiguientes, Aníbal tenía como encomienda jugar un poco más adelantado para ayudar en la recuperación al medio de contención, el “Matas”. Sabedor de mis capacidades y torpezas, el “Güero” me dijo: “Aníbal tiene de sobra pero tú tienes lo que a él le falta. Gasta las patadas, piensa tu tarjeta e intimida al rival. Eso sí, nunca vayas con intención de lastimar”.

Desde ese partido hasta final de torneo, donde quedamos en cuarto lugar de 28 equipos, me dediqué a cuidar las espaldas de Aníbal dándole cariños a piernas, tobillos y cuerpos flacos o delgados. Claro, también me llevé mis recuerdos reflejados en trompadas, mentadas de madre y amenazas. Sólo fui expulsado una vez por acumulación de tarjetas.

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En el penúltimo partido, el “Güero” quiso darle oportunidad a los chavos que regularmente entrenaban para estar en la banca: el “Pachas”, el “Memo”, el “Caimán” y el “Trompas”. Decidió mandar a Aníbal de suplente. Perdíamos 3-1 y el “Pachas” dejó su lugar a Aníbal. Lo primero que hizo al entrar fue susurrarme: “cuídame. Me siento nervioso”. Su petición terminó por ponerme nervioso a mí también, más aún al verlo correr de un lado a otro sin sentido, errando balones y reclamándole a todo mundo. ¿Pues qué chingados le pasa?, me pregunté.

Luego de que un rival le hiciera un túnel digno de darle coraje a cualquiera, Aníbal se quedó parado, temblando; dejó pasar al enemigo y tuve que ir a corretearlo para meterle una patada cruel y despiadada que me costó la roja directa y un terrible remordimiento por haberle partido el tobillo. Al ver al rival tendido en la cancha de tierra, Aníbal corrió hacia el “Güero” y le metió un puñetazo seco y frontal. ¡Se armó la campal entre nosotros mismos, el Inter!

“No me vuelvas a dejar en la banca, cabrón. Jamás lo vuelvas a hacer. Me parto la madre todos los días entrenando para jugar y ser una estrella y tú sales con tus mamadas de mandarme a la banca. No estoy dispuesto a destruir un sueño por tus pinches decisiones. No me mandes a mostrarme en un partido que tenemos perdido; yo quiero ganar, siempre ganar”, gritó Aníbal a un “Güero” ensangrentado.

Para la siguiente temporada, y a raíz de la agresión, el “Güero” se puso más estricto con la disciplina: nos llegó a pedir copias de la boleta de calificaciones y entrenamiento de dos horas diarias. Me rehusé y fui a pasar penas con otro equipo. Pasaron los años y un buen día me encuentro a la madre de Aníbal, le pregunté por él y me dijo que iba a visitarlo. ¿Dónde vive o qué? | No le digas a nadie pero mi hijo está en tratamiento psiquiátrico. Lleva un año internado | ¿Por qué? | Su obsesión por ser el mejor y no perder hicieron que su vida fuera puro futbol | No entiendo | Ya no vive en la realidad.

Anibal fue a hacer una prueba en Atlante y le dijeron que no tenía condiciones. Brutal revelación para una persona como él, quien tras el duro golpe se dedicó a entrenar cinco horas diarias y ver partidos a cualquier hora del día. Fue tal su obsesión que perdió nociones de la realidad y llegó a manifestar paranoia porque creía que el mundo estaba en su contra. Según me dijo su mamá, actualmente está internado porque desarrolló brotes psicóticos.

Mi frustración por no ser futbolista fue una elección de la que no me arrepiento y a la fecha sigo con mi oposición a ciertas disciplinas; el periodismo es una buena terapia para superar traumas. En cambio, Aníbal encontró otra salida y hasta la fecha no se recupera. Dejé de cuidarle las espaldas; jamás quiso cuidarse a sí mismo.

¿Y ustedes? ¿Recuerdan al crack que nunca llegó?