Previo al juego de la final contra Brasil en la Copa América de 1997 en Bolivia, Ramiro Castillo abandonó el estadio Hernando Siles tras enterarse de que su hijo José Manuel, con 7 años de edad, había muerto víctima de hepatitis. El pasado 18 de octubre se cumplieron 13 años del fallecimiento de Ramiro “Chocolatín” Castillo, ex jugador boliviano. Su deceso lo marcó él mismo al quitarse la vida luego de no superar la partida de su pequeño.

A partir de ese hecho, el futbol ya nos alertaba sobre la propagación de la depresión y se necesitaría de inmediato la participación de especialistas para atender estas situaciones en los futbolistas. Sin embargo, se dejó pasar. Orillado por una fuerte depresión, causada por una lesión en los ligamentos que truncó su proyección, el jugador de San Lorenzo Mirko Saric se ahorcó; esto en el año 2000.

Iniciado el siglo XXI muchas voces han expresado con preocupación que la depresión se convertirá en la pandemia de los próximos años. La alarma radica en el seguimiento y tratamiento que se dará a esta enfermedad, que de un momento a otro invade al individuo y es muy difícil prevenirla o detectarla. Otro de los puntos a considerar es determinar si las instituciones públicas están preparadas y cuentan con personal capacitado para afrontarla. En el contexto desalentador de crisis económicas hay individuos o familias que no cuentan con los recursos para pagar a un especialista.

Este mal no está ajeno al fútbol. A finales del año pasado, Roberto Bonano, ex portero de River y Barcelona, mostraba su preocupación por la forma en que los clubes atienden la depresión en el jugador. Resaltó que las consecuencias que se expanden hacia el equipo e incluso hasta la afición por el estado anímico de un futbolista no están contempladas por las directivas.  Las palabras de Bonano vinieron después del suicidio del alemán Robert Enke, quien decidió quitarse la vida arrojándose a las vías del tren luego de no superar el fallecimiento de su hija.

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En contraste, mientras el futbol se atrasa en búsqueda de apoyo con la psicología, ésta se apoya en el futbol. Nuevos tratamientos psicológicos, especialmente psiquiátricos, han encontrado en el balón una terapia para atender a pacientes esquizofrénicos. Mauro Rafaelli, psiquiatra italiano, impulsó esta terapia al percatarse de que un partido ayuda a contrarrestar alucinaciones u otros síntomas que padecen las personas con esquizofrenia.

Además, correr tras el balón, buscar el gol o defender la propia puerta generó en los pacientes una dinámica de inclusión y asociación que no encontraron en su núcleo familiar y en la sociedad. “Un equipo de fútbol es un grupo social en el que cada individuo juega un papel, cada uno tiene una función social; las reglas y las relaciones son lo más importante. Así, cuando una persona aislada y excluida se incorpora a un equipo, este le enseña a vivir en el mismo y con el mismo, en una comunidad más amplia. Por eso es importante que los médicos jueguen con los pacientes, para que no haya una separación entre los supuestamente normales y los anormales”, estipula Rafaelli.

Finalmente, otra de las ventajas de esta terapia futbolística es el aumento de endorfinas en los pacientes. Comúnmente llamadas las “hormonas de la felicidad”, las endorfinas propician que el individuo se sienta bien cuando hace ejercicio. La depresión está ligada a ellas, pues en caso de reducirse se incrementan el desánimo, la tristeza y los instintos suicidas.

Para nada digo que los futbolistas sean esquizofrénicos, pero sí depresivos como cualquier ser humano. La cuestión radica en el tiempo y las formas en que los clubes darán importancia a un padecimiento muchas veces tan callado e imperceptible en el vestidor.