Mi hijo no sabe leer ni escribir; es por mi culpa. Tampoco juega con carritos o se divierte con niños de su edad; es por mi culpa. Desde que su madre nos abandonó –hace ya tres años- me he enfocado en hablarle mal de ella, así como a quejarme del mísero salario que me pagan en la fábrica y que no alcanza para darle aunque sea un poco de dignidad para su desarrollo. El chamaco no hace más que escucharme y callar. Me desespero con su silencio, su indiferencia; quisiera que no fuera así. En realidad me desespero conmigo mismo.

Salgo desde temprano para irme a la chamba y mi hermana Maribel hace favor de cuidármelo hasta la noche, hora en la que regreso a casa. Ella siempre me dice que el chamaco se la pasó dando lata todo el día, que no para de dar guerra. Me cuenta que se sube a la azotea vestido de Superman para saber qué se siente volar. Agradezco las historias de mi hermana, pero sabemos que no es así. Su silla de ruedas se lo impide. Por mi culpa.

Cada noche que paso frente a la botica de Don Beto me detengo a ver los juguetes exhibidos al otro lado del cristal. Hay unos soldaditos verdes y no muy caros que quisiera comprarle a mi hijo, pero al tocarme los bolsillos del pantalón siento las pocas monedas que son para comprar sus papillas. Un par de ocasiones he abierto mi caja de herramientas con ganas de sacar la llave de perico y romper ese maldito cristal.

En la navidad pasada mis compas hicieron una vaquita y le compraron un bonito uniforme de los Tigres, un balón y unos zapatos de seis tachones. La playera está requete chula y tiene el nombre del único ser capaz de arrancarle una sonrisa a mi niño: Lucas Lobos. Cada vez que lo ve en la tele, o lo escucha nombrar, su carita de ángel brilla y brilla: con una sonrisa de por medio. He querido llevarlo al estadio para que vea a Lobos, a sus Tigres, pero nomás la lana no me alcanza.

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Cada noche que lo miro dormir rompo en llanto. Me condeno y me culpo de que esté así. Jamás quise escuchar a su madre, jamás quise escuchar a nadie. Bebí y me drogué hasta más no poder; la parranda era la parranda. Retumban en mis pesadillas las súplicas de mi ex mujer: “ya no me hagas beber, carajo, ya no. Entiende que estoy embarazada”. No aguantó más y decidió irse antes de soportar más dolor. Vecinos me dicen que cuando no estoy viene a visitar al niño, y hasta es ella quien se encarga de darle de comer. Mi hermana es su cómplice y no se atreve a decírmelo por miedo a que me desquite con el niño. Seré una mierda, pero nunca me desquitaría con él. De hecho, hago tiempo antes de llegar a casa para que mi hijo conviva más tiempo con su madre. ¡Claro que lo sé!

Esta noche es distinta, mágica diría yo. Incluso me atrevería a dejar de lado mi ateísmo disfrazado en odio a Dios y decir que es un milagro. Mi hijo, mi niño con su parálisis cerebral me recibe contento sentadito en su silla de ruedas. “Pa-pá”. Con todo el esfuerzo que implica para él, extiende sus brazos para que lo abrace. En su manita derecha trae dos papeles. Aviento la caja de herramientas y corro hacia él para abrazarlo y pedirle que me perdone. De sus ojos se desprende una lágrima y con una sonrisa angelical, tan llena de inocencia, repite de nuevo “pa-pá”. Mi hermana contempla emocionada la escena y disimulo no haber visto que mi ex mujer sale huyendo por la puerta. “Pa-pá”. Mi hijo me presume los dos papeles que tiene en su manita. ¡Son boletos para el Tigres-Monterrey de mañana!

Mi niño quiere estar listo desde ahorita y le pongo su uniforme, su playera de Lobos. Mientras duerme ese tigre de garra que es mi hijo -y ya abusando de milagros- pido que en sus sueños grite el gol de Lucas Lobos hasta que se canse.

*Relato dedicado a un tigre muy especial…

ELBUENFÚTBOL*

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